PEQUEÑA ITALIA. Primera Parte: VENECIA

PEQUEÑA ITALIA
Capítulo 1

VENECIA
He viajado a Italia en numerosas ocasiones. El país me atrae por su arte, por sus maravillosas gentes y por supuesto, por la comida.
Las tres ciudades que conozco y de las que os voy a hablar son Roma, Florencia y Venecia.
Con las tres he tenido el privilegio de ser guiada por auténticos italianos, conocedores de sus rincones secretos y de las direcciones más inaccesibles para el turista común.
Todo esto os lo voy a narrar, enlazado, como no podía ser de otra manera, con mi experiencia allí y la inevitable influencia de mi mirada sobre las cosas.
Comenzaré por Venecia “La Serenísima” ciudad que se sostiene sobre millones de vigas de madera y por eso, por ser resultado de una conquista sobre las aguas, es un auténtico símbolo del afán de supervivencia.
La primera vez que fui a Venecia tendría yo dieciséis años, y no lo recuerdo como algo especial. Los agobios y las tribulaciones de la edad me impidieron disfrutar de la experiencia.
Fue años después, comenzado mi propio viaje interior, cuando fui capaz de disfrutar y apreciar de forma “más despierta” la ciudad de Venecia.
Para empezar, os diré que el circuito turístico puede arruinar la magia de esta ciudad de forma absoluta.
Nadie niega que la Plaza de San Marcos sea una visita esencial, pero seguir luego a hordas de turistas por el puente de Rialto para detenerse a comer en una trattoria con la carta en inglés y hasta la bandera de gente, no es agradable.
También hay épocas mejores y peores. Verano cerrado no os lo recomiendo porque si sois sensibles al olor, no os gustará el que desprenden los canales. Tampoco cuando hay “aqua alta” salvo que os guste la aventura y lo insólito de caminar con botas hasta medio muslo y contemplar una Venecia anegada. Muy cinematográfico, no obstante.
Venecia tiene barrios más desconocidos y que supuran autenticidad. A los barrios ellos los denominan “sestiere”.
Mis sestiere preferidos son Dorsoduro y Santa croce. Son barrios para pasear y perderse, sin destino concreto. Calles que os sorprenderán.

  • Vista desde La Giudecca.

A las plazas las denominan “Campo” y no os podéis ir sin ver el Campo Santo Stefano y el Campo Santa Margherita.
En estos campos se puede comer en cualquier rincón. Hay mercadillos y venecianos que viven en las calles adyacentes yendo y viniendo. Es una Venecia inolvidable.

.Mercadillos callejeros en Dorsoduro

Las islas imprescindibles para mí son Giudecca (donde suelo quedarme cuando voy a Venecia), Torcello y Burano, aunque en una primera visita y si tenéis mucho interés en ver cómo se hace el cristal, Murano también es recomendable.
Burano es la isla de los colores. Así la recuerdo yo. Una explosión de colores vivos y de tiendas que vendían vestidos y manteles de punto. No toma mucho tiempo verla entera, una mañana o media tarde es más que suficiente, y no lo olvidaréis.

Torcello es una isla muy pequeña en la que viven muy pocas personas y que posee la maravillosa basílica de Santa María Asunta, que alberga mosaicos venecianos‑bizantinos y un campanario con vistas a la cercana isla de Burano.
Es un buen plan ir a Torcello, comer en la mágica Locanda Cipriani, cuyos jardines son un sueño, y luego cruzar a Burano, ¡a tomar el café!

.Jardines de la Locanda Cipriani en Torcello
La Giudecca merece para mí una mención especial, no sólo por el cariño que tengo a esta isla si no por su autenticidad, cercanía del centro, y la calidad de sus pequeños restaurantes. Está a un vaporetto de diez minutos del centro. Cuajada de estudiantes y de artistas e intelectuales, en sus callecitas hay galerías de arte, puestos de comida callejera, puentes y recodos llenos de encanto y vacíos de turistas. Los hostales y hoteles en esta isla bajan mucho de precio en comparación con los del centro.

Lido, y me lo han preguntado, no tiene nada especial desde mi punto de vista, salvo el festival de cine que cada año se instala allí.
Los jardines de la Bienal son impactantes, durante la feria y sobre todo cuando no está la feria de arte. Se puede uno perder entre los pabellones y es un decorado fabuloso. Para llegar es posible tomar un vaporetto, pero yo recomiendo un paseo, como siempre, ya que las ciudades se conocen mejor así, pateando.
Comer en Venecia es una maravilla y hay lugares que están entre el panino callejero (los hay deliciosos, con un ristretto exquisito) y los locales caros, carísimos de toda la vida como puede ser el Harry´s Bar que personajes como Hemingway frecuentaban en su tiempo y cuando el precio era más asequible. Hago aquí un inciso, al Harry´s Bar merece la pena ir a tomar la merengata, que es una auténtica delicia. Una merengata y un Bellini de Harry´s pueden ser el broche final de una jornada de trote citadino.
El carnaval de Venecia es conocido en el mundo entero. La ciudad se llena de gente y los venecianos suelen salir de allí. No obstante, hay otra fiesta, poco conocida fuera de Italia y que los Venecianos celebran por todo lo alto. Es El Redentore, que suele celebrarse en Julio y que conmemora el fin de la peste.
La noche de Redentore no puede ser más insólita. De una belleza espectacular. Los barcos salen del Gran Canal, con música, bebidas y algo de comer para aguantar hasta la madrugada, y van fondeando en la laguna. Cada embarcación es una fiesta, llena de colores y de risas, hasta que a las doce se hace un silencio absoluto y todos se sientan mirando al cielo. Pronto comienzan los fuegos artificiales, los más bonitos que he contemplado jamás. El cielo se cuaja de flores luminosas que parecen lágrimas sobre la laguna. Lluvia lumínica que dura aproximadamente media hora en la que los espectadores casi ni respiran ante la belleza.
Esta es la fiesta Veneciana por excelencia y os recomiendo planear un viaje que coincida con ella. Para ver los fuegos y disfrutarlos al máximo, no hace falta estar en una embarcación, basta con estar cerca de la laguna, sentarse en el suelo o en un bar. Los locales de la Giudecca reservan mesas y sillas con antelación y están a tope antes de la media noche.

. Anochece sobre el Gran Canal, desde el puente de la Accademia.
Aquí os hago una pequeña lista de cosas que ver, desgranada por barrios
Gelateria Lo Squero en la Fondamenta Nani. Los helados son riquísimos en Italia, y esta heladería es la mejor de Venecia.
Taller de Góndolas en Squero di San Trovaso, un punto para pararse y hacer fotos.

.Taller de góndolas en Dorsoduro.
Un café o un almuerzo en Harry´s dolci de la Guidecca, es una experiencia. Este restaurante no tiene los elevadísimos precios del Harry´s. en parte porque está en la Giudecca, al otro lado del gran canal.
Las mesas, en un blanco impoluto, brillan junto al canal, al borde mismo del agua, y desde ellas se pueden contemplar los contornos de la otra orilla y Santa María della Salute irguiéndose a lo lejos.
Este restaurante, además, está un poco apartado de las paradas de vaporettos, que afean otras terrazas y contaminan la experiencia gastronómica con el olor de los motores.

.Mesas de Harrys Dolci.

Yo suelo comer pasta casi todos los días cuando estoy allí, la pruebo en todas sus formas y con todos los complementos, pero en este lugar es delicioso el plato típico de la ciudad “fegatto alla veneciana» que sería nuestro cocido madrileño y es hÍgado encebollado y guisado.

Otras opciones típicas son la pasta alle vongole (con almejas) que suelen sazonar muy ligeramente, nada de tomate ni crema, sólo aceite de oliva, ajo y perejil. Y la pasta negra, con calamar.

Una de mis manías gastronómicas, y aquí os la cuento, es pedir pasta con salsa de tomate, punto. Una buena salsa de tomate no es fácil, y aunque parezca demasiado sencillo, la pasta (que es un mundo dependiendo de su fabricación y que merece ser saboreada sin salsas demasiado gruesas) y una simple salsa de tomate casera, dicen mucho sobre la calidad del restaurante.

Aquí van otras tres visitas que no perdono cuando voy a Venecia.
Punta della Dogana que divide el Gran Canal y el Canal de la Giudecca, dando hacia la cuenca de San Marcos. Es un lugar impresionante, abierto y con una energía especial. Allí es esencial la visita al Palazzo Grassi, que alberga una colección de arte interesantísima.
Museo Peggy Guggenheim, merece la pena por su colección y por sus jardines. Lo visito cada vez que voy.
Palazzo Ca Dario Aquí un apunte personal y un poco esotérico, ya que este Palazzo

no lo recomienda nadie en libros de viajes. Se dice de él que está embrujado, que todo el que ha intentado poseerlo, o ha ostentado su propiedad, ha muerto en fatídicas circunstancias. Personajes famosos han dado marcha atrás en sus ofertas de compra al conocer esta historia que circula entre los Venecianos.
Una breve reflexión sobre el agua, que es el elemento de la ciudad y que nos acompaña durante toda la estancia en Venecia.
El agua veneciana es un espejo y un ojo. Es, allí, un tipo de destino. Todos sabemos que Venecia se hunde, que lucha por seguir a flote, pero parece inexorable que esa muerte de agua, lenta, dulce, se apropie del sueño que es Venecia. Fluye el agua en los canales como un sueño en el inconsciente colectivo. Hechiza, cambia de color y se deja atravesar con mansedumbre.
El agua de Venecia es el agua de la alegría y de la pena porque es un reflejo de quien la mira. Refleja también el cielo con sus estrellas. Es la sustancia de la melancolía.
Los gondoleros son cantarines o silenciosos como Caronte. El viaje a través de la historia de la ciudad es, asimismo, la ensoñación de una república que voló sobre cualquier otra para ahogarse en su propio ego, ebria de poder y de gloria.
Mirar el agua en Venecia, es imprescindible, es una meditación, una catarsis. Mirarla en silencio, vaciándose, dejando que las impurezas del espíritu se deslicen hasta el fondo cenagoso de la laguna, para siempre.

Para terminar, con un poco más de ligereza, si os apetece salir de noche, bailar y tomar una copa, el sitio es Piccolo Mondo.

¡Que disfrutéis del viaje!

Estefanía Muñiz @Manchasdecafe_
24 de Octubre de 2019
Madrid

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